Gaudenzi: “Jugaremos en noviembre y diciembre si es necesario”
09/04/2020
“Zverev no lograba hacer un entrenamiento de calidad por una hora y media”
17/04/2020

Mansour Bahrami, el inagotable showman del tenis

  • Por Ariel Román E. (@arielago)

Cada día que pasa, el mundo del tenis intenta convertir al deporte blanco en un juego para todo el mundo. Desde canchas de tierra a ocupar sartenes como raquetas, son imágenes que cada cierto tiempo se convierten en virales en redes sociales. Uno nunca sabe qué talento podría salir de allí algún día. Antes de la tecnología actual y mucho antes de que el circuito se convirtiera en una máquina de ganar millones, uno de esos talentos fue el iraní Mansour Bahrami. Muchas cosas impidieron que este talentosísimo jugador pudiera haber sido una de las estrellas del Tour, pero aún así es uno de los personajes más queridos en el mundo del tenis hoy en día.

Bahrami nació en Arak, Irán, el 26 de abril de 1956, y a meses de su nacimiento, su familia se mudó a la capitán Teherán, a buscar un cambio en sus fortunas. Su padre acabó como empleado en el Imperial Country Club de la ciudad, recinto multideportivo reservado para la élite del país, e impulsado por el Shá Mohamed Reza Pahlavi. El pequeño Mansour creció viendo a la gente jugar tenis y quería de todos modos tomar una raqueta. Consiguió un empleo como recogepelotas e imitaba los golpes a escondidas utilizando un sartén. Un entrenador del club le dio su primera raqueta, pero momentos después, los guardias le propinaron una paliza e hicieron pedazos su obsequio. “Pensé que iba a morir”, comentaría.

El día en el que finalmente fue permitido en el club, raqueta en mano, impresionó a todos, y pudo formar parte del equipo gracias a una autorización especial. No pasó mucho tiempo entre ese día y el momento donde fue nominado al equipo de Copa Davis de Irán. Todo iba viento en popa para Bahrami, que incluso recibió una oferta para irse a vivir a Ginebra, que rechazaría. Hasta que llegó la Revolución. Cayó el Shá, y el Ayatola Khomeini prohibió la práctica del tenis debido a que era un deporte popular en Estados Unidos, país con el cual Irán tenía relaciones muy tensas producto de la crisis de los rehenes en la embajada norteamericana. Debido a ello, Bahrami pasó más de un año sin tomar una raqueta.

En 1980, y con 24 años, Bahrami junto a un grupo de amigos tenistas intercedió ante el Ministro de Deportes para que les permitieran volver a jugar, creando un torneo denominado “Copa Revolución”. Ganó el singles y el dobles, y como premio, obtuvo un pasaje a Atenas, que cambió por uno a Niza. Tras abandonar Teherán, pasó por el casino en la Costa Azul y lo perdió todo. Quedando en la calle, un día se encontró con un compatriota, Farrokh Moazed, que lo reconoció y lo llevó a un club de tenis. Lo pusieron a prueba en cinco torneos, ganando tres de ellos. Al no conseguir el dinero suficiente para vivir de manera decente, se fue a París.

En la capital llegó a un club donde se ofreció de profesor, pero al no hablar el idioma, eran muy pocas personas que se atrevían a entrenar con él. “No me alcanzaba el dinero, comía dos veces por semana, y por las noches caminaba para no dormir en los bancos”, relataría en una entrevista a La Nación en el año 2000. Su visa expiró y Mansour permaneció en Francia, por lo cual también debía evitar a los policías, que lo enviarían a Teherán apenas lo descubrieran.

Jugando Roland Garros como un inmigrante ilegal

El mundo conoció del talento de Mansour Bahrami en 1981. En la calle, una empleada de la Federación Francesa de Tenis lo reconoció y le hizo contacto con Roland Garros para que le permitieran jugar el Abierto de Francia. Le dieron un lugar en la Pre-Qualy, lo que significaba que debía ganar seis partidos para ingresar al cuadro (¿Se les hace familiar con otra historia, pero de Wimbledon?). Mansour ganó los seis duelos para citarse en la primera ronda con el local Jean-Louis Haillet.

Bahrami perdió el primer set por 4-6, pero se recuperó para ganar los siguientes por 7-5, 6-4 y 7-6 para avanzar a la segunda ronda, donde quedaría eliminado. Esto le valió el reconocimiento de la prensa, que lo consideraba un refugiado del Ayatollah. Contó su historia por la radio, la cual fue muy difundida, a tal punto que se le fue renovada la visa.

Permaneció en Francia, pero no podía abandonar el país. Eso le impidió formar parte del Tour por años, lo cual efectivamente le impediría seguir compitiendo contra los mejores del mundo de manera constante en los mejores momentos de su vida tenística. Sin embargo, cerró ese 1981 de la mejor manera: En la noche de año nuevo, a la salida de los Campos Elíseos, vio a una mujer sentada en un auto, y se le acercó. “Le toqué el vidrio y le dije: ‘tengo entendido que en Francia el año nuevo se celebra con besos y abrazos'”. Esa mujer es Frederique, con quien se casó en 1983.

En 1986, a los treinta años, Bahrami finalmente fue admitido en el ATP Tour, por lo que podía viajar por Europa disputando torneos. Sin poder realizar su potencial en singles, optó por dedicarse al dobles, con buenos resultados. Ese año alcanzó las finales de Burdeos, Stuttgart y París-Bercy, y tras otros dos subcampeonatos al año siguiente, en Monte-Carlo y Ginebra, alcanzó el puesto 31 del mundo. Su mejor actuación llegó en 1989, donde llegó a la final de Roland Garros junto al francés Éric Winogradsky, cayendo por 6-2 2-6 6-4 y 7-6 ante Jim Grabb y Patrick McEnroe. Durante esa misma temporada, recibió la nacionalidad francesa.

Un partido de culto contra Boris Becker

Corría el año 1988, y Mansour Bahrami ya estaba inserto en el tour como un especialista de dobles. Sin embargo, en algunas ocasiones aún disputaba partidos de individuales, jugando algunas Qualys o recibiendo Wild Cards, sobre todo en Francia, su tierra adoptiva. Para mayo de ese año, en el torneo de Hamburgo, el iraní tenía un ranking respetable, 230 del mundo con 32 años. Ahí superó la fase previa y derrotó al alemán Rudiger Haas en tres sets para citarse con el primer sembrado del cuadro, el ídolo local Boris Becker en la segunda ronda.

Habían más de 200 puestos y doce años de diferencia entre ambos, y el público repletó el Court Central para ver a “Boom Boom” en acción, en lo que podría ser un triunfo rutinario del entonces seis del mundo. Pero la gente se fue con una sonrisa de oreja a oreja habiendo visto un show de voleas, toques y jugadas de exhibición de parte de ambos jugadores.

El resultado fue un doble 6-3 a favor de Boris, pero Bahrami encandiló a la concurrencia con su carisma, sus piruetas y gran habilidad en la red. Becker también hizo de aquel partido un show, sacando risas y aplausos en varias jugadas. Partidos como éste graduaron a Mansour como un jugador de exhibición, hecho para entretener al público. Como anécdota queda que gracias a esa actuación en Hamburgo, el iraní/francés alcanzó su mejor clasificación de singles: 192 de la ATP.

El ‘showman’ del Tour

Tras su retiro a principios de los 90, Bahrami fue contactado inmediatamente por el circuito senior para que formara parte del Tour de Campeones. Su fama como un jugador con una habilidad extraordinaria con la volea, acompañada de su carisma y talento natural, hicieron que el iraní cayera como pez en el agua en esta modalidad, donde podía competir regularmente contra jugadores como Jimmy Connors o John McEnroe, además de seguir siendo invitado a torneos como Roland Garros o Wimbledon, que tienen su cuadro de leyendas.

Pero fue su destreza con los trucos en la cancha lo que lo llevó a destacar: Smashes sin mirar, tweeners, un amplio repertorio de tiros en la red, algunos malabares con su raqueta, y segmentos cargados de humor durante los partidos lo han convertido en uno de los tenistas favoritos no sólo del tour de veteranos, sino que del circuito en general. Sus participaciones en los Grand Slams son un imperdible para los visitantes, y por aquella razón es que lo programan en las canchas principales. Regularmente hace dupla con el francés Henri Leconte, también reconocido por su talento extraordinario, como también por su carisma. Si no es Leconte, lo suelen acompañar Fabrice Santoro, Yannick Noah o Goran Ivanisevic.

En años recientes, Wimbledon debió flexibilizar sus duras reglas para que Mansour pudiera disputar el torneo de leyendas: El campeonato tenía un límite de edad de 60 años para sus participantes, y en 2017 el propio Bahrami expresó su pena por no poder seguir jugando en Londres, pero se salió con la suya y sus trucos siguen maravillando a los espectadores de la Catedral.

Bahrami estableció un estándar para el circuito senior: Ya no se trata de competir, como lo hacían en su tiempo John McEnroe, Jimmy Connors o incluso Marcelo Ríos, sino que también se trata de pasarlo bien dentro de un court, compartir con viejos amigos y que el público se lleve un espectáculo imborrable. Pronto a cumplir 64 años, Mansour Bahrami sigue siendo la atracción principal de los torneos para veteranos, donde una raqueta lo lleva a todas partes, algo impensado cuando practicaba con un sartén a escondidas en Teherán.